miércoles, 10 de octubre de 2012

Tras la tormenta



Todo lo que escribo suele gestarse en mi interior mientras voy caminando a solas y en silencio, pendiente de todo y, al mismo tiempo, aislado. Es como si al caminar sin prisa alguna el exterior se filtrase por mis ojos y en mí se adentrase de un modo imperceptible, sin que yo sea consciente de que en mi alma estremecida van tomando acomodo higueras y guijarros, norias, nubes, caballos, huertos viejos, paredes con musgo, albercas  y gorriones. La inspiración casi siempre acude a mí mientras me encuentro andando, en movimiento: las ideas se acoplan al ritmo de mis pies y las huellas que voy dejando tras de mí van invitando al mundo a que me habite y se acomode en mi alma sin estrépito, de una manera tierna, sosegada.

No hay ni un solo día en que, al avanzar ensimismado, no me asalte una frase y se ponga ante mis ojos, delante de mí, como una sombra iluminada por un resplandor feliz de terciopelo. La inspiración tiene mucho de paseo, de amena vereda por la que nunca pasa nadie. Pero, por otro lado, es traicionera y, más de una vez, si te asalta por sorpresa, es como un puñetazo de melancolía que se te queda grabado en las entrañas, un crujido que alza la luz polvorienta de un desván donde ya sólo queda el recuerdo hecho cellisca. Cuando esto sucede, siento un dulce escalofrío y, después, de inmediato, el mundo adquiere un nuevo orden  y se reorganiza despacio en mi interior igual que un museo en el que, al fin, penetra el sol dotando de vida, de una inmensa claridad, las  piezas oscuras, siniestras, que lo abarcan. La inspiración es, al fin y al cabo, eso: iluminar lo oscuro e inasible con un reflector imponente de palabras que forman dibujos sublimes al enlazarse de una manera nueva, prodigiosa, que ni siquiera puede uno explicar.

Hoy, esta noche, de nuevo lo he sentido al asaltarme una frase por sorpresa. Y ha ocurrido cuando caminaba hacia la ermita por el paseo que se hunde hacia el noreste escoltado por una procesión de árboles.  Hacía muchos días que no sentía necesidad de expresar metafóricamente el exterior y mis paseos eran lánguidos, muy tristes, como el transitar siniestro de las nubes que avanzan sin fe en la púrpura del cielo proyectando en la tierra, a la par de sus siluetas, la faz penumbrosa de una pertinaz sequía que araña los campos con su decrepitud.

Es la misma sequía que inundaba mi interior paralizando mi inspiración, doblándola como se dobla la luz que arde en un patio al traspasar un oscuro ventanal. No obstante, esta tarde ha sido diferente. Estaba en mi casa, derramado en mi sofá oyendo el violento galope de los truenos que venían del oeste azuzados por el viento como una jauría de perros apaleados. Y, de golpe,  llegó una ráfaga de lluvia  llevándose el último sol de las paredes, envolviendo la tarde en su letanía de amianto. Bajé las persianas y me puse a escuchar música, pero hubo un segundo en que murió la luz eléctrica y acabé, sin querer, abrazándome al silencio.

Una hora más tarde, después de anochecer, el cielo se abrió como un bastidor de estrellas. Y salí a caminar por el exterior del pueblo, sorteando los charcos, hacia el paseo de la ermita. Me adentré en la penumbra como un pábilo encendido por la húmeda brisa que rozaba mis pestañas y movía las últimas hojas de los árboles que aún resisten a un lado y a otro del trayecto. Y entonces acudió de pronto: fue una frase, un zigzagueo insólito de letras, de tenues palabras, martilleando en mi interior con un estrépito insólito de lirios pisados por los zapatazos de un gigante.

Así fue surgiendo este texto que ahora escribo mientras absorto percibo las huellas sigilosas de la medianoche acercándose a mis sienes. Es el tenue milagro de la inspiración, la pequeña y sutil ebriedad que vivifica el páramo gris en el que estaba ya instalado hasta que, al fin, la tormenta reventó dejando un misterio magnético en el aire, y yo respiré las frases que dibujo con el alma casi de puntillas, sosteniendo las sombras que corren despacio y juguetean yendo y viniendo de un lado para otro en mi cabeza, en mi sangre, en mis pulmones, levantando emociones, silencios que ahora hilvano con la perplejidad que en mi interior, como aves muy dulces, levantan con su vuelo hecho de barro y lluvia estas palabras que ni siquiera ya me pertenecen porque, al salir de mí, se vuelven frágiles y tiritan de miedo, de soledad, de angustia, pues saben que, luego, al final, antes o después, caerá sobre ellas la zarpa del olvido, el trémulo aliento de la oscuridad.       

6 comentarios:

José Puerto Cuenca dijo...

En la sequía que nos encoge y nos carcome también coincidimos, amigo Alejandro, en el deseo de la lluvia que nos traiga riqueza de clorofila, de inspiración y exaltación de la vida... El caño de mi patio cae apenas en un hilo cuando siempre en estas fechas era un pulgar de agua musical y amable... Pero siempre estará tu amigo Pablo para recordarnos !Que tiene que llover a cántaros! Un abrazo, hermano

Alejandro López Andrada dijo...


Estoy de acuerdo contigo, amigo José, en que tiene que "llover a cántaros", pero no de un modo físico y real, sino más bien metafóro, sobre la triste realidad que nos rodea, ahora que estamos perdiendo ilusiones, derechos, y libertades a una velocidad de vértigo. Sí, ahora, como en otros tiempos ocurrió, es más necesario que nunca que llueva a cántaros. Recibe un sincero abrazo.

Anónimo dijo...

ENHORABUENA POR EL BLOG TAN HERMOSO QUE NOS REGALAS A TODOS/AS LOS QUE TE SEGUIMOS DESDE CÓRDOBA, AUNQUE TÚ LÍNEA POÉTICA Y NOVELESCA LLEGA YA AL CIELO VISIBLE DE LO VIVIDO Y COTIDIANO
SALUDOS DESDE HORNACHUELOS
MANUEL RAYA HORNASOL

Alejandro López Andrada dijo...


Aunque no te conozco personalmente, agradezco sinceramente tus palabras, pues, como siempre digo, opiniones así animan a seguir escribiendo. Además, por otra parte, me alegra saber que vives o resides en Hornachuelos, pueblo mágico y hermoso, de una belleza paisajística singular, que he tenido la suerte de visitar en dos o tres ocasiones, y del cual puedo decir sin miedo a equivocarme que es uno de los rincones más hermosos de Córdoba y Andalucía. En lugares así se percibe y se aspira la poesía en el aire de un modo muy especial. Por eso creo que eres un privilegiado. Recibe, junto a mi más sincera gratitud, un cálido abrazo.

Rafael Moya dijo...

Sí, Alejandro. Hornachuelos es hermoso en su singularidad y hermoso en la generalidad idiosincrásica andaluza. Y sus gentes, intensos en tardes de fútbol, abiertos en la acogida a los que nos visitan y apasionados en la lectura de: Los ojos de Natalie Wood.
Particularmente, tuve la suerte de asistir a la presentación que hicisteis en el cementerio. Disfruté con la perfecta conjugación de ambiente de bautismo de una nueva y buena obra literaria, apadrinada, entre otros muchos, por la presencia de escritores de la talla de José M. Ballesteros o Salvadora Drôme, con la suave brisa melódica que envolvía el acto en un sentimiento de profundo respeto a los presentes, cualesquiera el mundo que habitasen.
Por la presentación, por tu narrativa, por tu poesía, te felicito.
Por la irracional guadaña que ha segado de raíz tu fertilidad cultural en tu puesto de técnico de cultura, precisamente ahora que tanta falta nos hace, te animo a seguir en las trincheras combatiendo por la promoción de la cultura, sean los frentes que sean.
Desde Hornachuelos, y con la ilusión por seguir creando humildes mundos narrativos, te saluda tu discípulo y admirador, Rafael Moya(La Maldición del Cuervo).

Alejandro López Andrada dijo...


Perdona, antes de nada, amigo Rafael que no haya respondido antes a tu amabilísimo comentario. A veces, me despisto y tardo en leer las opiniones de mi blog, por lo que, como ahora ha ocurrido, tardo en contestar a quienes en él intervienen comentando mis entradas. Así, después de leer tu hermosas palabras refiriéndote a mi obra y mi persona, sólo me queda darte las gracias, muy sinceramente, por el detalle, pues es muy gratificante saber que hay alguien que muestra interés por lo que hago o escribo. Recibe, por todo ello, un cálido y sincero abrazo de amistad y gratitud.