miércoles, 13 de febrero de 2013

La primera golondrina



En el nublado olor de la mañana, flotando sobre un cable de la luz, llegó a a felicitarme la primera. Hacía unos meses que no veía a ninguna: las alejó la lluvia del otoño, los labios oxidados de septiembre besando las choperas del silencio donde, unas horas antes, se ahorcó el sol. Ellas asistieron a la muerte del verano y, luego, recogieron sus maletas llenas de sombra y albercas agrietadas para marcharse en busca de otra luz. Se fueron rodeando las tormentas, los aires carcomidos por la lluvia, las plazas coronadas por el frío, cuando las torres son huérfanos cipreses y las campanas lloran pedernal.

Yo las tenía ya casi olvidadas. La última de ellas cruzó ante mi estupor, como una damisela melancólica, en las postrimerías de septiembre del otro año. Empezaba a oscurecer. Aquella tarde, me acompañaba Michu, mi gata fiel que ahora es ceniza y nieve, y, al observarla rasgar la oscuridad del horizonte, experimenté en mi pecho el pulso azul de un breve resplandor. Aquella golondrina dejó en mí una emoción sutil de porcelana, la herida de una esquirla abandonada en la penumbra de una serenidad que levantaba polvo en mi quietud. Recuerdo que revoloteó un instante sobre la casa, alrededor de la colina, y luego se sumió en la oscuridad.

Había emigrado a un país mucho más cálido. Se fue sin decir nada, sobriamente, al pie de sus hermanas, poco antes de un borrascoso y viejo anochecer, y ahora, de pronto, huérfana, cansada, como un muñón ingrávido de cielo, vino a posarse limpia, ensimismada, a quince o veinte pasos de mi casa, abriendo con  la forma ahorquillada de su consuelo una cueva de oro en mí. Sin duda, era la misma golondrina. Su brevedad fue espuma en mi inocencia. Recordé a  Bécquer, a Machado, a Juan Ramón, mientras dejaba posarse entre mis ojos la incertidumbre azul de su silueta al contraluz del plomo de las nubes que esculpían la paz de una mañana cerrada como el cuerpo de un tambor.

¿Qué hacía ella ahí, como un ángel matutino, cosida por la lentitud del frío que aún sostenía el dolor de los tejados?  ¿Había venido, quizá, a felicitarme y a desearme un celeste cumpleaños..? De entrada, parecía indiferente, como una equilibrista bautizada por el fulgor exacto que en el aire imprime el sueño blanco de las casas, las chimeneas como duendes de vapor. Era una golondrina exhausta, frágil, con el plumaje abierto por las horas de un infinito, larguísimo viaje desde un remoto y paupérrimo país.

África le pesaba en las espaldas. Parecía rota, suspensa en el silencio ocráceo de las nubes que viajaban desde el románico corazón del norte hacia las ruinas idílicas del sur. Y, al sorprenderla allí, tan rota y quieta, tras contemplarla un rato ensimismado, toqué las palmas, y ella anudó el vuelo a un aleteo de tordos que cruzaban sobre las chimeneas rumorosas del barrio en calma, y mi amor voló con ella, cumpliendo años, al lugar de la inocencia, ese rincón puro, amplio, vigoroso, al que ellas sólo y los hombres que son niños, tocados por la luz, pueden entrar.

viernes, 1 de febrero de 2013

España


La han dibujado algunos con vehemencia, con cierto egoísmo, escondida en una urna a la que tienen acceso sólo ellos, los que un día heredaron el ardor de una bandera que, a veces, ondea ingrávida y feliz en los balcones umbríos de sus casas donde el sol vespertino se fragmenta en mil pedazos cuando la selección de fútbol vence.

Esa España es suya y a nadie más le pertenece. Es como si los demás, aunque sintamos un afecto profundo por el país donde nacimos, no lleváramos patria oculta en nuestros huesos, sellada en las alamedas de la sangre donde no suenan ya los viejos himnos que decoraron ayer nuestra inocencia, el bosque de una niñez llena de trapos y de arcos cerrados en la herrumbre de sus yugos. La España de que ellos hablan no sonríe, es seria y muy firme, demasiado seca y rígida. Sin embargo, la otra, el país en el que hoy creo, no yace dormida en la esquina de una urna, ni permanece escondida, aunque ellos quieran, en la dorada quietud de una corona demasiado solemne, inmóvil, fría, hermética, que yo nunca elegí sino que me vino impuesta por las condiciones históricas de un tiempo donde confluyeron azarosas circunstancias que, tampoco, pude escoger, evidentemente.

Cualquier país es un fruto del azar, o de una suma de azares caprichosos. Por eso España no es solo una bandera. Aunque sea para algunos eso, en mi opinión, el país en que creo reside en otras coordenadas,  en otros otros puntos quizá menos solemnes, como, por ejemplo, en los rostros frágiles, arrugados, que humanizan el aire de los pueblos más pequeños, o también en el musgo que alfombra las piedras de  mi infancia, o en la libertad de los campos y en el silbo de los alcaudones limpios y aguerridos que en los blancos espinos clavan su alimento. Mi España reside en los pasos del anciano que, antaño, pastoreó la soledad de las lentas encinas por un puño de bellotas, o en los derrotados padres de familia que transitan las aguas de una gris supervivencia aferrados a un flotador de trescientos euros que, a finales de mes, siempre llega desinflado a la quietud de una orilla cavernosa donde la desdicha espera entre las rocas.

Una patria no es, ni mucho menos, una bandera o el estúpido grito que aúna a millones de personas cuando ganan la gloria los reyes del balón. La España en la que yo creo no es esa patria aferrada al pasado, inculta y azarosa, movida por el balompié y la tauromaquia, enraizada en el halo de los nombres poderosos y en las botas lustrosas de los amos sin conciencia, sino aquella sujeta al aliento de los niños que soportan el frío de un piso sin calefacción, no ese país mordido por el vértigo de un euro que ha enriquecido sin pudor  la oronda y pérfida panza de los bancos, sino aquel aferrado a la lágrima de los desposeídos, al dolor del vecino con el futuro roto y huero. Quizá sea una España más difícil de aceptar, pero quiero creer que algún día ese país que hoy sufre las bufonadas de los ricos, la chulería grotesca de esa clase privilegiada por la corrupción, el día de mañana pueda ser la patria dulce, sencilla, abierta, humilde e igualitaria, donde convivan las luces con las sombras, y se distingan las voces de los ecos. Y ese país soñado e hipotético tendría la bandera hermosa del amor, un amor tricolor, libre, abierto, solidario, donde la cultura y la sensibilidad habrían de ser la savia y la sustancia que alimentaran la sangre de sus venas, los pasillos azules de su amplio corazón.


miércoles, 23 de enero de 2013

A mi gata muerta


No sé si hallaré las palabras suficientes para expresar lo que has dejado en mí durante los años que me has acompañado, centinela de los crepúsculos, caricia de músculo aéreo, círculo de paz girando a mi alrededor  cuando llegaba cansado a la casa en las tardes de verano y tu presencia era la humanidad, la ternura felina que en el aire se hacía amor, la suave reverberación de la quietud sobre la que aletaban los gorriones.

Nunca será la Colina sin tus pasos el silvestre jardín perfumado de silencio donde la esquina del mundo se alargaba y, a veces, tocaba las barbas del Creador, la túnica alta y celeste de la Luz. Tú, gata dulce, Michu, conseguías levantar mi tristeza y alejarla entre las alas de los pájaros lentos que habitan la dehesa, esos que, a veces, jugaban con el viento escondido en la oscuridad de las encinas a las que tú subías muchas noches para tocar la luna y esconder un trocito de cuarzo dentro de tu lomo gris. No sabes cómo me duele, gata azul que  te hayas marchado, al final, sin despedirte, sin preguntarme si te necesitábamos, dejando el hueco insondable de tu ausencia clavado en el centro de nuestro corazón.

Si, al menos, me hubieras dicho que te ibas, que estabas cansada de hollar el campo triste buscando ratones y erizos de cristal, yo te habría preparado un hueco algodonado aquí en la inocencia blanda de mi pecho, donde hoy la amargura toca su tambor. Gata de los crepúsculos, sirena de las retamas besadas por el céfiro,  domesticada jineta de vapor, hoy eres etérea, pura y esencial como la luz de la nieve en los cercados sembrados por la sonrisa del Creador. En tu ausencia he dejado un pedazo de mi espíritu, dos peces de mi alma, el lago de la luz donde ahora se baña mi desolación. Fueron tantas las horas que jugué con tu alegría que ni siquiera tu muerte puede ahora arrancar las guirnaldas que adornan mi tristeza, porque en ella aún sigues paseando, siempre viva como una princesa de aire luminoso bailando con los ratones transparentes que hay en el palacio de la eternidad.

Seguiría hilvanando rincones de tu nombre, diminuto, aunque hondo, Michu, pero es tarde para cubrir el hueco de tu muerte con mis torpes palabras llenas de barrancos en los que no acaba jamás de oscurecer.
Me duermo en tus ojos tiernos, transparentes, hilados por las adelfas y los lentiscos, en los que ya nunca faltará la luz licuada por el resplandor de mi dolor que, al recordarte, se hace gratitud, alameda con nieve, huerto de arco iris, lágrima custodiada por el sol.

Hoy, esta tarde, cuando te encontré sin vida a los pies del asfalto, cerca de la puerta que conduce a la esquina del mundo, sentí un aire de claveles dormidos perforándome el espíritu y lloré como un niño al que han deshabitado y han arrojado en medio de un zarzal. Te cogí, sin embargo, y acunándote en mis brazos -tu cuerpo era un monte de acero- te dejé, ya era casi de noche, tendida entre los juncos para que esta noche bajen las estrellas con su altísimo aliento a rozar tu muerte blanca. Gata de los crepúsculos sagrados, mañana me acercaré y en una tumba cavada en la luz de la Esquina dejaré tus huesos pequeños, la cumbre de tu lomo, el círculo de tu cabeza matutina, para que mi dolor florezca limpio sobre el centeno de la  primavera,  cuando en la tierra, Michu, sea tu muerte la reverberación de esa alegría que, al amanecer, deja el silbo de los mirlos abriendo las puertas del campo hecho inocencia, lápida luminosa de tus huesos que en mí abren la espita de esa honda eternidad en la que algún día, sin duda, te hallaré.        

sábado, 12 de enero de 2013

Oración en la niebla



En el crujir de los reclinatorios, en la genuflexión de las ermitas,
resiste mi alma rota, desolada
bajo el descenso eterno de la lluvia
que me conduce al centro del amor.
¿En qué lugar duerme hoy mi soledad?
¿Hacia qué dirección se mueve el río
en el que ayer nadaba mi dolor?
¿Dónde puedo encontrar la fe del niño
que hablaba con los álamos? Señor,
dame la luz que alimenta a las campanas
y a la melancolía
que respira en la bondad del pobre, dame el sol
que ahuyenta a los lagartos que nos roban.
En el lugar donde queda el corazón,
hacia la izquierda blanca de mi espíritu,
se encuentran mis palabras, la verdad
por la que día tras día lucho, sufro
y amo el pulmón de los huérfanos, la artrosis
bendita del silencio en las rodillas
enfermas del anciano que no tiene un rinconcito abierto en la humedad
de los quirófanos: ya no existe espacio
para curar su niebla, porque es pobre y solo tiene viento en los bolsillos
y en la mirada un lago de piedad para esperar la muerte. Dime ahora,
Señor, ¿porque está el hambre abierta, viva
en medio de la escarcha, y la basura
dormida en la humedad de los suburbios que habita el inocente, el niño frágil
que colecciona santos de cartón, mientras los perros negros del poder
esconden sus monedas purulentas en medio del neón de los casinos,
bajo el caparazón de las tortugas
que dejan su inmundicia en las doradas y acorazadas torres de los bancos
donde la niebla nunca podrá entrar. Señor, no queda tiempo; creo que el mundo
de aquí a muy poco va a crucificarse en una nube tóxica de amor,
y yo no habré hecho nada, y lloraré, igual que llorarán todas las sombras, todos los bosques,
todos los niños ciegos, hambrientos de justicia y de piedad. Por eso te abro hoy mi corazón
lleno de barro y hojas que supuran el miedo de los árboles y el frío de las iglesias
huérfanas de trigo. Señor, bajo la niebla dejo hoy
el musgo de mis lágrimas, la voz que no me queda dentro, el holograma de todos mis silencios,
para alzar la herida que me cubre y va creciendo aquí, a la izquierda gris de mi oración
que clama por los pobres. Es solo eso, te pido pan, ternura, nieve y sal
para curar el frío de mis ojos que ya no saben a qué lugar mirar
pues todo es niebla, una espesura atroz de espíritus que lloran bajo el cielo
tanteando en qué rincón de tierra dulce podrán abandonar todo el dolor, toda la angustia de óxido
que cubre el amargor boreal de su existencia donde hoy se pudre al sol mi fe cansada.  

      


lunes, 7 de enero de 2013

Después de Navidad


Tomo entre mis dedos las figuritas del Belén: las voy cogiendo despacio una tras otra como si fuesen cápsulas sagradas de un tiempo veloz y efímero, inmutable, que, un año tras otro, nos engaña con su rito de aproximación ficticia a la inocencia. Aunque la Navidad sea para mí un reencuentro con lo más puro de mí mismo, la fiesta más entrañable que conozco, no consigo adaptarme a la impostura  empalagosa que, durante unos días, toma cuerpo en el ambiente en forma de abrazos, gestos y saludos luminosos que resistirán poco más de una semana, hasta que se apaguen las luces fraudulentas que alumbran la soledad de mucha gente que vive emboscada en sus sueños no cumplidos.

Mi padre murió un día de nochebuena de hace más de dos décadas. Aquel fue un día terrible; sin embargo, al llegar el día de Navidad mi padre se halla más cercano a mí que nunca. Para mí las navidades no son tristes si se viven desde la autenticidad y no de un modo banal, materialista. En la Navidad hasta el aire sabe azúcar, y aunque no esté presente, de un modo figurado,  la nieve decora el corazón de nuestras calles con la mansa emoción de un milagro paradójico que transforma en blancor la penumbra de una atmósfera que, a lo largo del año, es monótona y agreste. Durante unos días la gente aparenta ser mejor, más cercana y más cálida, más tierna y más sensible; pero, apenas deshace su aroma el Día de Reyes y los días laborables de nuevo decoran nuestro ámbito con la infelicidad de su grisura, la vida regresa a su mediocridad cansina.

Tomo entre mis dedos las figuritas del Belén que aún está colocado en la casa de mis padres. Y, al tocar las siluetas, el tiempo en mi alma se derrumba. Todas las figuritas tienen luz, un resplandor que ilumina mi conciencia.  Alguna de ellas la acerco a mi nariz y, al cerrar los ojos un momento y concentrarme, logro percibir el aroma que, hace décadas, cuando era un chaval, me dejaba confundido por su textura delicada y limpia. Es un olor muy dulce y transparente, el mismo del bote de detergente granulado que contenía en la nieve de su vientre tres figuras pequeñas: una gallina y dos pollitos. Aquel detergente, Persil, dulcificaba de alguna manera el relieve navideño dejando su huella en la brisa y en la ropa. La escasez o pobreza de entonces olía a limpio, al mullido serrín que alfombraba los caminos, escoltados de musgo, de aquel portalillo de Belén que confeccionaba de niño en una casa donde la vida era puro terciopelo. Entonces, a mi alrededor, no había impostura y la Navidad tenía el recóndito temblor de los sueños más blancos y las promesas más azules: aquel era un territorio inmaculado sobre el que se aposentaba la inocencia. Hoy, justo un día después del Día de Reyes, cuando se ha muerto la luz de Navidad, toco emocionado las figuritas del Belén que pertenecen a un tiempo indestructible y nadie podrá borrar de mi interior, porque vive en mis ojos y es la luz que aún me define como a un niño perdido en la nieve del pasado, un pasado que aún yace aterido en mi conciencia.

viernes, 4 de enero de 2013

Vacas


La voz de una niña arrastra en su dulzura el desencanto y el miedo de una tierra. La desilusión es la carne de los pobres; el desaliento es la luz de los vencidos. El futuro es ahora, para aquellos que más sufren, un camino minado por las sombras del olvido y los zarzales profundos del silencio. Los vaqueros han entrado en un camino penumbroso que todos debemos cubrir e iluminar apoyándoles con un ánimo indestructible. Aunque no sea, en principio, fácil la tarea.

Ni siquiera sirve la voz para cortar el miedo y el abandono que los cercan.  Pero esta mañana, al mediodía, había en las voces, en los ojos, en los corazones de la gente que habita mi tierra una rebeldía celeste que no podrán derrotar ni echar abajo los que siempre prometen y, al final, nunca dan nada. La soberbia es inversa al sufrimiento del humilde. El poder pocas veces está al servicio de los pobres, de los hombres que sufren, de las familias que sostienen la dureza del día con el pan del desamparo que los ricos de turno ofrecen en mínimas migajas.

Es preciso, a veces, cortar las carreteras y pintar las pancartas con la fe de quienes claman una vida mejor, más justa, menos muerta. Los Pedroches fue siempre una comarca abandonada, perdida en la niebla de un eterno amanecer que, al final,  nunca deja ver el cielo. Un perpetuo crepúsculo es el signo de los pueblos de esta comarca noble y castigada. Sin embargo, no cabe la resignación, ni el musgo de la derrota ha de crecer en el corazón sensible de la gente que puebla esta tierra hermosa y noble como pocas.

Hoy, hace sólo unas horas, al mediodía, percibí en la voz de una niña el resplandor que debe guiar la mirada de las gentes que habitan el corazón de los Pedroches. Detrás de ella, la luz del sol brujuleaba entre las copas sin fe de las acacias. Y en las ramas de éstas dormía el cetro de un futuro al que daba sentido la silueta de una vaca flotando en un resplandor casi celeste. !Uno se sentía, entre tanto, tan pequeño, tan frágil e inútil ante el clamor de la inocencia de la niña que hablaba defendiendo la esperanza en la que deben alzarse nuestras vidas...!

En el aire no había ni un gramo de alegría. Junto a mí percibí la angustia y la zozobra, la impotencia y el miedo que sufren los hombres de mi tierra que, desde hace años, luchan con las vacas. Ahora ato la rabia y la rebeldía de mi voz -esta voz tan mínima e inútil, aunque sincera- a la amargura, al dolor de los vaqueros, aunque entiendo muy bien que les servirá de poco. Aun así, me pongo al lado de su causa, y camino a su lado, con firmeza, desbrozando con mis palabras la desolación y el miedo.

viernes, 28 de diciembre de 2012

El olor de la niebla



No tocaban mis pies la hierba y, sin embargo, el verdor de la tarde ocupaba mis pupilas y crujía debajo de mí, entre mis zapatos, como si yo fuese un álamo vencido, un árbol que muestra al aire sus raíces cuando el viento amenaza rasgar su voz famélica, el leve perfil de sus hojas que susurran como si la noche naciera de su savia.

No hallaban mis ojos la paz del horizonte y en mi alma caían las sombras del sendero. Pero la claridad aún me sostenía y apartaba de mí todas las dudas de una tarde que tenía la textura de un sueño hecho de barro.
Despedía la tierra un aroma de orfandad que ni siquiera el cielo deshacía, aunque el sol resistía encharcado de humedades, roto y cosido por nubes dieciochescas, nubes cartografiadas por el humo de las chimeneas del pueblo. Iba feliz, hasta que llegó la niebla y entró en mí invadiendo mis pasos como un bárbaro ladrón: la vi tragarse la línea de la tierra envolviendo los árboles en un celofán sin brillo.

Todo se descompuso en torno a mí. El mundo se revistió de un tono gris que escaló por mi corazón. Sentí que el tiempo, toda mi realidad se fragmentaba, como si la nada avanzase por mi pecho. Y olía a soledad, !cuánto olía  a soledad! y a miedo también: la presencia de la luz había sido encerrada en el cuenco de una cárcel. Pensé detenerme y entregarme a la agonía del mundo que, frente a mí, se deshacía como un puro reflejo de la sociedad tan ruin, desnaturalizada, que me cerca. En la niebla veía la corrupción, la falsedad, la desolación que abre el vil capitalismo, la inmunda presencia de los bancos más voraces.

La oscuridad de la tarde me anuló. Pensé detenerme, y entregarme al pegajoso olor de la niebla que avanzaba por mis vísceras; pero, de pronto, miré a mi alrededor, y encontré a pocos pasos un prado de tenues margaritas. Y en ese momento pensé manifestarme, mostrarle a la niebla mi honda rebeldía.  No sé cómo fue, pero algo sucedió: el color de las flores derrotó al plomizo halo que envolvía los campos con su rigurosa baba, y entonces entendí que debía seguir andando para tocar la vida que aún temblaba, como un trozo de sol, tras las cortinas de la niebla, donde el alma sencilla del pueblo resistía dibujada en la luz que abrigaba voces, rostros, bajo la humana inocencia de las casas.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Marciano el taxista



Los pasos de ayer escriben las curvas de mi hoy a la vez que trazan las rectas del mañana, lugar en el que confluirán mis sentimientos junto a mi espíritu abierto, transformado en una sustancia distinta a lo que he sido.  Las frases son ojos que nos hablan del dolor, del amor y la ausencia que vivimos en otro tiempo. Y hay frases desnudas que, a veces, vienen a buscarme de una manera amable, silenciosa, con la calidad subterránea de esos topos que barrenan la luz sumergida en una tierra perfumada por los sonidos del verano.

Esta noche volvieron a mí sin esperarlo esas palabras-topo traspasando los limos dormidos que aún tapizan mi conciencia. Recordé una frase que venía de muy lejos atravesando un bosque de sonidos que intentaban cortar su paso presuroso: "esta siesta iremos los dos a cazar gorriones". Las palabras que he recordado eran elásticas y las vi tenderse al lado de una casa en cuya pared había un nido de murciélagos que chillaban bajo el temblor de la canícula como notas fugaces de un amargo violonchelo.

El hombre que las pronunció, un buen taxista, era entonces mi amigo; lo fue hasta que murió. Siempre hallé junto a mí el resplandor de su confianza. Dentro de él se fundían la alegría y la ternura conformando la autenticidad de su carácter.  En su rostro cabían muchos rasgos de Mick Jagger, el épico vocalista de los Stones. Y vestía muy bien: llevaba las flores más audaces dibujadas como tatuajes en su camisa. En sus ojos azules la siesta era una góndola en la que viajaba el murmullo de los huertos. Marciano, que así era el nombre de mi amigo, iba, a veces, conmigo a cazar gorriones soñolientos que habitaban la soledad del extrarradio. Lo recuerdo sentado debajo de una higuera, a unos metros de mí, apuntando con sus ojos hacia el más puro azul que gorjeaba entre las ramas y en la tierra caía roto en monedas silenciosas. La carabina de aire comprimido parecía una esbelta guitarra entre sus dedos.

Las sombras crecían y el murmullo de la siesta se acababa ahogando en la paz de las albercas. La tarde, ya afónica, intentaba desprenderse, lo mejor que podía, del ruido de los pájaros. A esa hora había gotas de sol casi disueltas sobre la timidez de las paredes. Y Marciano, el taxista, con un puñado de gorriones arrebujados dentro de una bolsa, me volvía a repetir: "mañana será otro día, y vendremos los dos otra vez a cazar gorriones". Entre tanto, yo me detenía casi absorto en el purísimo azul de sus palabras. Y así un día tras otro, hasta que el verano se nos iba, como él se me fue: se alejó hace algunos años para nunca volver en su góndola-taxi hacia un estío en el que los pájaros no necesitarán, como antaño ocurría, buscar la soledad que crujía en la frondosidad de aquella higuera bajo la que aún sigue sentada mi memoria esperando al amigo, al taxista que escondía en sus ojos azules toda la altitud del cielo.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Una copa de anís



En una copa de anís pequeña, íntima, puede caber el mundo concentrado. Hacía ya tiempo que no bebía licor, pero ayer tuve una copa entre mis dedos y, al acercarla despacio hasta mis labios, sin esperarlo un murmullo me absorbió y tiró de mis entrañas hacia la luz tendida en las cornisas de una tarde rodeada por helechos y celindas  Era un lugar muy significativo: la cocinilla amplia, familiar, donde mi abuela Matilde elaboraba  hace ya décadas, cuando era yo un chaval, unas suaves y esponjosas magdalenas que vestían  de dulzura la penumbra de aquel espacio ameno, delicioso, en el que el tiempo aún sigue disecado como una garza en medio de la niebla.

Mi abuela ya hace años que se fue, un día de enero del 69. Yo la recuerdo siempre en la cocina aderezando la vida gris de entonces con el hinojo y la harina de sus actos. La vida de ella era un árbol de alegría que a mis hermanos y a mí daba cobijo.  Siempre que me veía derramaba sobre mis ojos el sol de su mandil, la humanidad perenne de su blusa en la que madrugaban las alondras y ardía el resplandor de los vencejos. Mi abuela en la cocina, al lado mío, hacía que el mundo oliera a hinojo y miel. Ponía su silla al lado de la mía y me subía a su voz de porcelana.  Así solía ocurrir tarde tras tarde. Ayer, no obstante, era su hija, mi tía Emilia, la que estaba sentada frente a mí, dibujando horas de azúcar, lejanías, al pie de su marido, el tío Maudilio, que evocaba los murmullos corpulentos de una legión sagrada de eucaliptos dispuestos, antaño, a un metro de la casa, como soldados romanos de arenisca subidos en el galope de un otoño filmado en cintas de cinemascope.

En una copa de anís pueden caber todas las sensaciones de una infancia. Toda la mía cupo en un dedal pequeño, luminoso, cristalino. Mientras, muy lento,  la iba degustando sentía que yo era anís, serenidad, penumbra aderezada con vainilla.  Fue poco tiempo, apenas diez minutos, lo que tuve la copa de anís llena, y en ese corto espacio temporal, vi como se transparentaba mi conciencia detrás del fino vidrio que escondía la eterna claridad de aquellos años que, aunque no vuelvan más, aún siguen vivos, sumidos como ingrávidas cornejas que, un día tras otro, vuelan desganadas entre las nubes blandas de la vida que habita concentrada en el anís fecundo y luminoso de un ayer embalsamado dentro de mi corazón.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Otra despedida


Podía ser un poema triste, y no lo es, o una de esas canciones de aire melancólico que, a veces, se quedan grabadas en nuestro pecho como mariposas de alas ateridas cuando alguien se va y nos deja el alma clausurada. Nada de eso es, sin embargo, la experiencia que hace sólo un instante he vivido esta mañana encofrada en el halo de un otoño casi dulce que dejó hace unos días los caminos embarrados y la hierba dormida en un bol de caramelo.

El amor, la ternura y una límpida inocencia que, en realidad, no sé de dónde viene, han taponado la melancolía que el pequeño suceso escondía en su raíz. Todo ha pasado deprisa; en dos segundos, pero me ha parecido un sensación eterna. Ha sido una imagen sencilla, azul, magnética como el cielo que tiñe, ahora mismo, los tejados con la nitidez de un bálsamo celeste que cubre de soledad las tejas ocres y se queda en la luz del aire aleteando.

Ese puede ser el paisaje de la estampa que en mis ojos, ahora, tiembla con su resplandor de ónice. Y es que mi hija se ha ido hace un momento y mi corazón ágil ha intentado perseguirla abandonando mi cuerpo fragmentado. Pero mi corazón no tiene alas. No he salido a la calle, no obstante, para ver cómo se alejaba un trozo de mi espíritu. Me encontraba recién levantado de la cama, con la bata puesta y una barba de hace días.  Por eso he mirado la marcha de mi hija, con los ojos llorosos, a través de los visillos. Se ha subido en su coche con una tierna languidez de gacela triste arrobada entre las sombras y en su mirada húmeda, tan frágil,  he percibido el fulgor de un lago tierno. Su madre ha besado la ausencia que nos deja y en mis ojos se ha muerto un pedazo de esa luz que, ahora mismo, se hace aluminio en las paredes despidiendo a Rocío con pañuelos de cal húmeda, mientras yo despliego un instante los visillos y se clava en mi pecho el resplandor de una mañana azul, fraternal, gobernada por la ausencia que deja una niña en mi corazón de nieve.