sábado, 9 de marzo de 2013

Pozoblanco



         Algunos lugares te acarician las entrañas y entran dentro de ti como venablos luminosos, dejando en los ojos, en la carne, en las entrañas una melancolía hecha de imágenes e instantes bordados por un aire cristalino que viene de lejos y es pura claridad. Más de una vez, cuando piso esos lugares en los que mi alma respira una paz densa, hallo dentro de mí lo mejor que había perdido y, en ese momento, la vida se levanta como una esbelta avutarda vespertina que me lleva en su vuelo hacia el centro de la luz. En una calle cualquiera cabe el mundo, y el universo puede aletear en un breve segundo con la majestad de un ángel que nos acerca el temblor de lo perdido, aquello que aún sigue presente aunque se fue. Es, de alguna manera, una sensación sagrada que edifica donde no hay nada un campanario en el que repica una insólita alegría. En Pozoblanco, hace poco, lo sentí.

A veces, me ocurre al pasar por un rincón que hacía mucho tiempo ya no frecuentaba.  De pronto surge un detalle inesperado, un aroma que vuelve, un tono de musgo en los tejados, un pedazo de luz olvidado en un dintel y, entonces, siento que mi alma es regaliz, un sosiego dormido en los trigales de un silencio que cruje en la epifanía del amor. Cuando llega ese instante, me siento confundido. No puedo expresar de qué lugar viene rodando ese ramo de olores y sonidos familiares que, de improviso, perforan mi nostalgia y edifican un tiempo invisible para otros, pero intacto ante mí, tangible y material como el cuerpo del sol que llora en las piedras y en los árboles cuando el atardecer llega a su fin.

La vida es, a veces, un remiendo de nostalgia, una sábana de hilo puesta a secar sobre la hierba estremecida y febril de una emoción. Uno se pone tierno al recobrar de un solo golpe la claridad perdida, la inocencia olvidada en un tarrito de cristal que el viento echa al suelo y rompe entre la luz. Yo experimenté hace cuatro o cinco días ese sutil fogonazo de ternura muy dentro de mí mientras paseaba en soledad por una calle común de Pozoblanco. Lloviznaba, recuerdo, y yo iba triste, abandonado en un pensamiento lánguido, obsesivo, que tenía mucho que ver con el hedor que expele, a diario, la puerca realidad.

Iba fuera de mí, mordido por vagos pensamientos. Y, de pronto, junto al romántico rincón donde mora la iglesia de los Salesianos, justo en la acera contraria, en una esquina, vi sobre una ventana, abandonado en la llovizna un pedacito azul de mi niñez temblando de frío, pidiendo cielo y pan. Una orfandad muy dulce entró en mis vísceras, corrió por mis tripas como un gamo luminoso. Aunque no cabía en la lluvia de la tarde, vi un sol femenino desnudándose ante mí.  E inmediatamente después, llegó el pasado a golpearme serenamente el alma con su apretadísimo enjambre de sonidos, de colores y aromas que, en la tarde lloviznosa, consiguieron que viese un Pozoblanco inédito, un pueblo irreal que no estaba ante mi vista, y veía, no obstante, elevarse, construirse, levantarse a sí mismo con la hermosa sobriedad que, antaño, guardaba en sus calles y en sus plazas que yo recorría de niño sosteniendo todo el azul del cielo en mis pisadas acordonadas por un amor de avena, y una ternura sublime, majestuosa, que, en mitad de la tarde enmarañada de llovizna, ahora era cielo desnudo, campanario, esquina celeste, amor puro, claridad donde seguía transitando mi niñez.

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