jueves, 8 de diciembre de 2011

La bondad de Pepe Moreno

Compartimos un espacio común hace unas décadas. Se sentaba muy cerca, a sólo dos bancas de la mía. Teñía la clase de un angelical pudor. Lo recuerdo atado al sonido de un sol lánguido brujuleando en el puente de sus gafas. Eran días de invierno y en la carne de los libros siempre cabía el olor de una canción, la revelación festiva de una música adherida al baile fugaz de algún domingo en el que una chica de clase te hacía caso y, por unos segundos, rozabas las estrellas. Un detalle tan nimio y pequeño como ese, el de abrazar la cintura de una chica, hacía que tu corazón burbujease y un manojo de lirios perfumase tu cerebro. Pero, al final, todo era un espejismo y, al siguiente domingo, te volvía a abrazar de nuevo una atractiva e inquietante soledad, esa inquebrantable amiga que no falla y, a veces, se oculta en el humo de los bares o en el vidrio astillado de alguna discoteca. Por eso no nos gustaban los domingos. Solíamos estar instalados, casi siempre, en el paisaje monótono de los lunes. A veces, también vivíamos en los jueves; en cambio, el rumor de los viernes preludiaba el desencanto ruin de los domingos. Él era tan tímido, en el fondo, como yo cuando se relacionaba con las chicas. Pero, en cambio, nunca vi en nadie la pureza que latía en sus actos y en la piel de sus palabras, tan verdaderas siempre, tan sencillas. A nadie, a ningún amigo, falló nunca. Las clases en el Instituto en su presencia se hacían más amenas, más tiernas y habitables. Su corazón de luz no ha envejido. Aún sigue siendo, después de tantos años, el ser más puro e inocente de la Tierra, la persona más limpia y cabal que yo conozco. Si Pepe Moreno no fuese como es, un hombre habitado por la ternura y la poesía, yo no le tendría el afecto que le tengo, ni jamás sentiría al verlo esa emoción vestida de oro y espigas que me invade, pues guarda la generosidad ampia y profunda de un horizonte sin límite. Es el agua que humedece el recuerdo, los días del Instituto, aquella monotonía de los lunes en que alimentábamos nuestra timidez, la hermosa resignación de estar sentados sobre el angélico hule de una edad en la que las chicas solían rechazarnos, y, sin embargo, sabíamos resistir danzando, al anochecer, dentro del aire, con la soledad feliz de una canción que olía a silencio, a nostalgia y manzanilla.

4 comentarios:

José Puerto Cuenca dijo...

Hola Alejandro. Me alegro de descubrir, a través del blog de Conrado, este tu nuevo escaparate digital que me encanta.
Ayer leí tu columna en Cuadernos del Sur que creo que se refería a esta misma persona que retratas en esta entrada de forma muy emotiva.
Tu madurez literaria se vuelve maestra en las imágenes que no sólo resaltan sino que se salen del paisaje y del paisanaje de tu tierra que tanto te gusta retratar.

LO dicho, que me alegro, me quedo de seguidor de tu blog y lo enlazo al mío. Un abrazo de José

Alejandro López Andrada dijo...

Muchas gracias, amigo José, por tus palabras tan cálidas y animosas. Me hace feliz saber que has conectado con mi blog. Espero no decepcionarte con alguna de mis entradas, pues, cuando escribo, me dejo llevar, o mejor arrastrar, por el corazón y puede que alguna vez diga algo que no deba decir. En fin, que me siento muy contento de tenerte cerca y te agradezco el enlace que haces de está página a tu blog. Un sincero abrazo de tu amigo, Alejandro.

Pepe Moreno dijo...

No tengo una fotografía para ilustrar tus palabras, Alejandro pero ese magnífico retrato que me haces lo invade todo. Aparte tus elogios inmerecidos a los que me
tienes acostumbrado, veo que reflejas perfectamente mas bien como era y aun en parte sigo siendo.El tiempo no pasa en balde,amigo Alejandro y tú como magnífico escritor que eres lo tratas de atrapar en tus creaciones
que no son nada más que eso una parte de nosotros mismos que se escapa.Gracias de todo corazón,amigo Alejandro y que nunca
te abandone ese buen corazón y el ser el mejor amigo de tus amigos.
Un fuerte abrazo de éste tu amigo Pepe.

Alejandro López Andrada dijo...

Amigo Pepe, sólo deseo decirte algo: eres una persona buena, de alma pura y cristalina. Con eso queda todo dicho. Gracias por ser así, como eres, y ayudarme a creer que todavía existe y es posible la bondad en el mundo. Recibe un sincero abrazo de quien verdaderamente te aprecia, Alejandro.